Los niños ante la muerte

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Guía para familiares y maestros. Como hablar de la muerte con ellos.

Cómo hablar de la muerte con los más pequeños y poder ayudarles.

Introducción

Poner palabras a este suceso no resulta nada fácil y menos aún si se trata de comunicárselo a los más pequeños. Sin embargo, la muerte es un hecho ineludible de la vida, es decir, todos los seres humanos vamos a tener que enfrentarnos a ella, por ello es importante poder disponer de recursos que nos ayuden a afrontar esta realidad de la mejor forma posible.

Ocultar, temer, callar o dar respuestas y explicaciones erróneas sobre lo que sucede a nuestro alrededor sólo hará que la experiencia de la muerte, además de resultar sumamente dolorosa, pueda convertirse en algo complicado o patológico.

Hoy en día, en nuestra sociedad occidental, hablar de la muerte es casi “de mal gusto”. Evitamos de muchas formas y por todos los medios mirar de frente a este hecho natural de la vida. Se tapa, se oculta y se aleja, como si morir fuera en realidad una equivocación o un error que no tiene por qué pasar o pasarnos (de momento). Incluso la palabra “muerte” o“morir” nos incomoda y por eso usamos eufemismos: “Se ha ido a un largo viaje”, “Ahora está en otro lugar”, “Descansa en paz”..., porque hablar con franqueza y de forma literal, es poco menos que una obscenidad.

La muerte se aleja de la vida y, con ella, también la experiencia del que está en duelo. La persona que fallece ha de hacerlo lejos, sin que se le pueda ver mucho, y quien le llora debe hacerlo rápido, en silencio y por poco tiempo. Pero esto no siempre ha sido así. En otras culturas y no hace mucho tiempo en la nuestra, la muerte forma y ha formado parte de la vida cotidiana de las personas. Se moría en casa, rodeado de toda la familia, adultos y niños. Todos veían lo que había pasado, todos comprobaban el hecho natural de morir, con dolor, con aflicción, con desconsuelo o con tranquilidad, pero el hecho mismo de morir se hacía presente y el dolor por la muerte era compartido y acogido por todos, adultos y niños.

Actualmente los adultos nos angustiamos mucho cuando vemos a los niños enfrentarse a la idea de la muerte y tratamos rápidamente de amortiguar sus efectos. Por su parte, los niños, al percibir nuestra angustia, se dan cuenta de que es mejor no preguntar, lo que no significa que su deseo de saber quede calmado, sino todo lo contrario: su inquietud puede aumentar al ver la incomodidad e intranquilidad que sus preguntas generan en el adulto: “Si a mamá no le gusta que le pregunte estas cosas, debe de ser porque es algo horrible, muy feo y debe de estar muy mal hecho”.

Erróneamente, pensamos que lo mejor es que de momento no sepan nada porque creemos que, si no saben, no existirá para ellos. Pero, en realidad, no es esto lo que sucede: cuando los niños no saben, pero intuyen y desean saber, lo que hacen es inventar sus propias teorías.

Así que, ante su curiosidad, el niño inventa, porque lo que vive con mayor angustia es que sus intuiciones queden sin explicación. El problema es que sus teorías suelen estar condicionadas por la edad, la limitación de su desarrollo cognitivo, su grado de madurez emocional, su capacidad o no de conceptualizar, sus experiencias vitales o lo que otros iguales les hayan contado, todo lo cual hace que sus explicaciones estén teñidas de los miedos, las defensas y lo que sean capaces de digerir a nivel emocional en cada edad. Por esta razón, las explicaciones que ellos construyen suelen ser limitadas y, en la mayoría de los casos, provocan más angustia y confusión que la propia realidad, ya que la fantasía de los niños es mucho más terrorífica de lo que nos imaginamos:

-El abuelito no se ha llevado su abrigo, seguro que ahora que está muerto tendrá mucho frío”.

- “Yo sé que mi mamá se ha ido al cielo, pero, ¿por qué no viene a buscarme al colegio si ella sabe dónde está?, ¿Ya no me quiere?”. 

- “A lo mejor papá se ha muerto porque yo me enfadé mucho, y le dije que ya no iba a jugar nunca más con él”. 

¿Qué significa morir? Cuatro conceptos clave 

Todos los niños y adolescentes deben comprender cuatro conceptos clave sobre la muerte, para poder construir un significado de lo que ésta representa y poder afrontar su dolor y elaborar lo sucedido (el duelo) de la forma menos confusa posible.  

· La muerte es Universal: todos los seres vivos mueren. 

El niño pregunta motivado por su curiosidad y una cierta sensación de angustia sobre la universalidad de la muerte: “¿Todos quiere decir TODOS de verdad, incluso mis papás, incluso yo mismo?”. Responder a cuestiones como éstas nos coloca a los adultos en una situación sumamente comprometedora. En una sola pregunta se pone de pronto en juego todo un sinfín de sentimientos que van desde la angustia del niño y su necesidad de negar lo que “intuye”, hasta nuestras propias ansiedades y defensas sobre la propia muerte y la posibilidad de ver angustiados a nuestros hijos. 

¿Qué debemos decirles a nuestros hijos si incluso a nosotros mismos nos cuesta y nos angustia asumir este hecho? 

La respuesta a esta pregunta se basa principalmente en el hecho de que nuestros hijos y alumnos deben conocer la verdad, pero que ésta puede decirse de forma GRADUAL y según lo que el niño pueda o no asimilar en el momento evolutivo en el que se encuentre. Lo que sí es importante dejar claro es que jamás debemos decir algo que sea falso, porque negar no es más que alejar a los niños de su capacidad para desarrollar recursos y avanzar en su crecimiento. 

Como adultos, nosotros podemos ir dando esta información, siempre veraz, en pequeñas dosis asumibles. El niño que pregunta si su mamá se va a morir, lo hace fundamentalmente por la angustia que le genera quedarse solo. En realidad está preguntando: ¿Quién me va a cuidar? ¿Qué me va a pasar si me quedo solo? ¿Cómo voy a sobrevivir? Entonces podemos recoger su angustia y decirle “que su mamá va a cuidarle y a estar a su lado siempre que pueda y que, aunque es verdad que todos los seres vivos se mueren, él puede estar seguro de que le van a cuidar y a querer”. Quizá sea necesario “postergar” un poco la realidad de la muerte y transmitirle que eso sucederá cuando él ya sea mayor y su mamá muy, muy, muy viejecita, aunque sepamos que eso puede no ser verdad. Utilizar el término “muy” muchas veces hace que el niño pueda diferenciar entre ser mayor (que ya lo es su mamá para él) y ser anciano. 

Se trata de dar una respuesta asumible emocional y cognitivamente para el niño. Todo en él -sus defensas, la construcción de significados, sus recursos- está en construcción, por lo que va a ser igual de importante no provocar “atragantamientos” innecesarios como mentiras que, queriendo ser “piadosas”, no ayudan a su maduración y crecimiento.

· La muerte es Irreversible. Cuando morimos no podemos volver a estar vivos nunca.

Es sumamente importante que los niños comprendan que cuando un ser vivo o una persona muere, jamás volverá a estar viva. Se trata de que comprendan que la muerte es algo PERMANENTE y no un estado temporal.

En su día a día, la muerte normalmente aparece como algo “reversible”: los personajes de los dibujos animados o los videojuegos sólo mueren durante un rato, o incluso ellos mismos cuando juegan a morir vuelven a la vida rápidamente: “Y tú te morías, pero luego resucitabas y te despertabas, ¿vale?”.

- Los niños NO SOBREENTIENDEN lo que les estamos diciendo: interpretan lo que les decimos de forma literal.

- Los niños TARDAN EN COMPRENDER LA IRREVERSIBILIDAD DE LA MUERTE. Lo que les decimos será siempre interpretado como algo temporal si no les explicamos que no es así.

· Todas las funciones vitales terminan completamente en el momento de la muerte. Cuando morimos el cuerpo ya no funciona. Este hecho hace referencia a que, cuando una persona muere, su cuerpo deja LITERALMENTE de funcionar: no respira, no se mueve, no le late el corazón y deja a su vez de sentir, de ver, de oír y de pensar.

A los niños pequeños les cuesta comprender el significado del fin de las funciones vitales, por lo que piensan que la persona que fallece sigue sintiendo y experimentando cosas ,como si en realidad estuviera dormida. Así, algunos niños nos sorprenden de pronto preguntando cosas como éstas: ¿Cómo va a ver el abuelo si no se ha llevado sus gafas? ¿Le gustará la comida del cielo? ¿Tienen allí televisión?. Es muy común que los niños se preocupen por lo que pueda estar sintiendo la persona fallecida.

Muchos niños experimentan una profunda sensación de miedo cuando alguien muere. Algunos no saben por qué, pero necesitan dormir durante una temporada con la luz encendida o acompañados de un adulto. Este hecho puede deberse a muchas razones, pero la posibilidad de que la persona siga viva de alguna forma, en algún lugar, y que además les pueda ver y ellos no, les resulta cuanto menos aterrador.

Al niño debe quedarle claro que la persona que muere ya no va a volver más y que su cuerpo ha dejado de sentir, pensar o ver lo que nosotros hacemos, porque sólo las personas que están vivas pueden ver, sentir y hablar. Debemos partir de esta premisa fundamental sobre lo que implica la muerte de final del funcionamiento del cuerpo y los sentidos para poder ayudar al niño a elaborar adecuadamente su despedida.

Después podremos hablarle de nuestros sentimientos y de que siempre nos acordaremos de ella, porque siempre estará en nuestro recuerdo y en nuestro corazón. Es ahí, en el mundo emocional, en el mundo de los recuerdos, donde la persona permanecerá viva para nosotros, donde la recordaremos riendo, cantando, contando historias, enseñándonos lo que ahora sabemos, haciendo las cosas que le gustaban, etc.

· ¿Por qué nos morimos? Toda muerte tiene un porqué.

Es importante explicar al niño el porqué de la muerte de la persona que ha fallecido. Es necesario que sepa que existe una causa física por la que morimos, porque si no le damos una explicación de lo sucedido o no alcanza a comprenderlo, elaborará su propia teoría, dejándose llevar por sus pensamiento mágico, lo que puede acabar generándole más angustia:

- “Mamá se ha muerto y a lo mejor es mi culpa, yo estaba muy enfadado con ella”.

- “Mi hermanita estaba muy enferma y yo no quería que pasara tanto tiempo con mamá y papá, ahora se ha muerto por mi culpa”.

Es de vital importancia que la razón que le demos al niño vaya encaminada a hacerle comprender que los pensamientos, los sentimientos de enfado, de rabia o los celos NUNCA pueden provocar la muerte. Aclararles que no tienen la CULPA y ayudarles a situar la causa de la muerte en algo físico es muy tranquilizador para los niños.

La explicación que les demos debe ser adecuada a su edad, la causa puede quedar clara si nos centramos en lo puramente físico, sin necesidad de ser escrupulosos con los detalles, especialmente cuando se trata de muertes violentas.También es importante no utilizar METAFORAS relativas a la causa de la muerte que puedan confundirle y generar angustia:

-“El abuelito se ha quedado dormido y ya no va a despertar” (puede provocar en el niño un fuerte temor a irse a la cama y quedarse dormido).

-“Tu hermanita era muy buena y se ha ido al cielo”. (El niño puede sentir mucha confusión sobre si portarse bien es bueno o malo).

Existe también una última pregunta: “¿Es la muerte verdaderamente un final?”. Físicamente sí lo es, y así hay que dejárselo claro a los niños, pero nuestra explicación “científica” sobre la muerte no es la única que nos define. Las personas también tenemos creencias religiosas, espirituales o filosóficas sobre el final de la vida que tratan de darle un significado a lo que sucede después de la muerte. Hablarles de la parte espiritual de la muerte y de lo que significa para nosotros es necesario, pero no suficiente. Debemos partir de la muerte física para su total comprensión.

Explicar la muerte según la edad del niño

La muerte es un concepto complejo y se tarda tiempo en conocer su significado total. Los niños van a comprender y a reaccionar de diferentes maneras ante la muerte, dependiendo de su edad, su momento evolutivo, sus experiencias vitales, su desarrollo cognitivo, su grado de madurez, su mundo emocional y su capacidad de conceptualizar. Por otra parte, el estilo de comunicación y las actitudes que la familia posea para afrontar la muerte también influirán en la adquisición del significado y abordaje que el niño pueda ir haciendo sobre la muerte.

Del bebe al niño de 2 años

-La muerte sólo es una palabra. No hay comprensión de su significado.

-Perciben la muerte como una ausencia. Sienten la no presencia de la persona fallecida, fundamentalmente si se trata de la figura de referencia (generalmente la madre).

-Perciben los cambios que se puedan producir en su entorno y sus rutinas como consecuencia del fallecimiento de un familiar.

-Son sensibles al estado de ánimo negativo que puedan experimentar sus cuidadores como consecuencia de la muerte de un ser querido.

El niño pre escolar: de los 3 a los 6 años

-Creen que la muerte es temporal y reversible.

-El concepto de insensibilidad post mortem está todavía en construcción: creen que la persona puede seguir viva, y experimentar sentimientos y sensaciones una vez fallecida (pueden vernos, escucharnos, mirarnos).

-No creen que la muerte sea universal. Piensan que sus padres y ellos mismos no van a morir.

-Interpretan de forma literal cualquier explicación que les demos sobre la muerte.

-Confunde fantasía y realidad.

El niño escolar: de los 6 a los 10 años

-Saben que la muerte es definitiva e irreversible.

-Comprenden el concepto de insensibilidad post mortem.

-Comprenden la diferencia entre vivir y no vivir utilizando términos biológicos para referirse a la muerte: no hay pulso, se deja de respirar, se para el corazón.

-Saben que las personas mueren, pero que a ellos no les sucede. Hacia los 8 ó 9 años ya son capaces de comprender que ellos también se pueden morir.

-Pueden preguntarse si ellos tuvieron algo que ver en la muerte de su familiar y desarrollar sentimientos de culpa.

-Les inquieta que sus parientes puedan morir. Se preocupan mucho de que quienes les rodean se cuiden y no hagan cosas “peligrosas” o se enfermen.

-Preguntan sobre las ceremonias y las creencias religiosas. Desarrollan mucho interés por los ritos funerarios y pueden mostrar el deseo de participar en ellos.

-Hacia los 8 años un niño puede participar en las ceremonias de despedida si quiere. Es fundamental acompañarle y explicarle previamente en qué consisten y qué verá.

Los niños pre adolescentes: de 10 a 13 años

-Comprenden el significado de la muerte en su totalidad y lo que implica: irreversible, universal y fin de las funciones vitales.

-Son plenamente conscientes de su propia mortalidad (y puede producirles mucha inquietud).

-Se muestran muy interesados sobre el más allá, así como por las creencias religiosas o culturales que rodean a la muerte. Pueden mostrarse inquisitivos y escépticos.

-Desean conocer más a fondo los ritos funerarios. Es aconsejable que participen en ellos.

-Tienen una mayor conciencia de los cambios que la muerte traerá a sus vidas y a su futuro. Es necesario tranquilizarles al respecto.

-Les cuesta mucho verbalizar lo que sienten y piensan sobre la muerte. Pueden sentirse abrumados al respecto. En ocasiones se muestran reacios a hablar.

-Es importante que respetemos su tiempo y nos mostremos cercanos y accesibles.También es fundamental darles seguridad sobre su propia vida. Hacerles ver que nosotros nos haremos cargo en lo posible de todo lo que necesiten.

-Les resulta de gran ayuda conocer nuestras propias experiencias de duelo y saber que se puede volver a llevar una vida normal aunque alguien a quien queramos fallezca.

Los adolescentes

-Tienen plena conciencia de lo que significa la muerte y pueden formarse una explicación completa, tanto desde una perspectiva biológica como filosófica, ideológica o religiosa.

-Comprenden las consecuencias existenciales de la muerte y teorizan sobre ella a medida que adquieren capacidades para el pensamiento formal y abstracto.

-El adolescente tiene plena comprensión de su propia muerte y puede fantasear sobre ella con mayor o menor angustia, dependiendo de cómo se encuentre emocionalmente.

-Pueden negar su propia mortalidad a través de conductas de riesgo y provocaciones, o bien mostrar ansiedades hipocondríacas ante los cambios corporales que van sufriendo.

-Ante la muerte de un familiar cercano pueden sentirse muy abrumados a consecuencia de la toma de conciencia que dicha pérdida va a suponer en sus vidas y en su futuro.

-Es importante integrar al adolescente en todos los ritos de despedida que vayan a tener lugar y ofrecerle la posibilidad de participar activamente en ellos. Los jóvenes necesitan sentirse parte activa de la familia, dar su opinión y ser tenidos en cuenta.

-Es necesario animar al adolescente a que retome su vida y sus relaciones sociales.

-Pasar tiempo con sus amigos puede serle de gran ayuda.

¿Cómo comunicar el fallecimiento?

La noticia de la muerte de un ser querido debe ser transmitida al niño lo antes posible y siempre por medio de una persona en la que confíe y sienta cercana, a ser posible sus propios padres. Es recomendable hacerlo en un sitio tranquilo y sin interferencias de ningún tipo, así como hablarle con cariño, a los ojos y poniendo en marcha toda la ternura necesaria para ayudar al niño a recibir la noticia con todo el cuidado y el afecto posible pero sin mentir.

Es importante tener en cuenta que ninguna de las explicaciones que se den al niño o al adolescente tienen por qué darse “de golpe”. Podemos ir haciéndolo poco a poco y siempre a corde con las preguntas, dudas y observaciones que él mismo quiera hacer. Debemos dejar que se exprese, que pregunte, que nos cuente lo que ha entendido, lo que se imagina y lo que fantasea tantas veces como sea necesario, porque sólo así podremos ayudarle en el comienzo y elaboración de su propio duelo.La primera duda que surge cuando nos dirigimos a un menor que ha perdido a alguien es si debemos o no decirle la verdad. La respuesta a esta duda es clara: tanto los niños como los adolescentes DEBEN SABER SIEMPRE LA VERDAD de lo sucedido, pero esta verdad debe abordarse en función de la capacidad cognitiva y emocional que el niño posea para poder comprenderla e integrarla.

1. La primera verdad que debe saber un niño es que la persona ha muerto y que nunca más volveremos a verla.

No debemos asustarnos por el uso de la palabra “muerto” o “murió”: éste es el comienzo necesario para lograr una buena comprensión de lo sucedido. Además, es importante que le expliquemos al niño lo que le sucede al cuerpo cuando alguien muere, porque éste es el principio que explica el fin de la vida: nuestro cuerpo se detiene y va despareciendo. Los recuerdos, el amor que sentimos por la persona que hemos perdido, nuestro deseo de no olvidarla nunca y de guardar todo lo que nos mantenga vinculados a ella en nuestro corazón será lo que ponga en marcha un sano proceso de duelo.

En nuestra explicación sobre la muerte del ser querido podemos también mencionar lo que creemos que le sucede a la persona que muere -es decir, nuestras creencias religiosas o espirituales-, pero no debemos limitarnos a dar una explicación espiritual o religiosa de la muerte. Los niños necesitan conocer la parte física y real de lo que le ocurre a la persona que fallece:

-Debemos decirle que la persona ha muerto y que su cuerpo ya no piensa, ni siente, ni ve. Que ha sido colocada en un ataúd y enterrada o incinerada como se hace en nuestra cultura para despedirnos de las personas, pero que su cuerpo ya no siente nada. Después podemos explicarle, según nuestras creencias religiosas o espirituales, que nosotros pensamos que la persona tiene una parte especial que no vemos ni se puede tocar, llamada alma o espíritu, y que esta parte va a algun lugar al que nosotros no podemos ir, ni tocar, ni ver, y que es en nuestro recuerdo donde seguiremos estando con ella.

2. Asegurarse de que el menor no se siente responsable de la muerte del ser querido. 

No debemos olvidar la culpa que suelen sentir los niños ante la muerte de un familiar cercano (padre, madre, hermano/a), especialmente entre los más pequeños, en los que aún predomina con fuerza un pensamiento mágico y egocéntrico (hasta los 10 años aproximadamente). Algunos menores suelen pensar que han tenido algo que ver con la muerte de su ser querido, quizá porque se enfadaron con él, sintieron celos, se portaron mal, etc. Otro aspecto destacable es el estado de desprotección e inseguridad en el que muchos niños se sienten cuando un pariente (sobre todo si se trata del padre o la madre) muere. Por ello es de vital importancia brindarles seguridad y protección, especialmente a los niños más pequeños, para combatir su temor a que otro familiar cercano pueda morir.

3. Es fundamental, en la medida de lo posible, hablarles y calmarles acerca de la continuidad de sus vidas: Sus amigos, sus actividades, sus rutinas, sus juegos, sus cumpleaños… van a seguir estando como siempre. Se trata de ayudarles a que sientan seguro su mundo para que puedan elaborar adecuadamente su duelo, sin complicarlo con sentimientos añadidos de incertidumbre e intranquilidad por su situación futura.

4. Otra cosa que los niños, adolescentes y adultos necesitamos compartir y escuchar de los demás es que la persona que ha fallecido siempre va a estar en nuestro corazón, en nuestros recuerdos y en nuestra memoria, es decir, se trata de poder ayudar a los niños con la angustia que les crea sentir que pueden olvidar a la persona fallecida o que ésta desaparezca de su vida emocional. Hablar de que siempre vamos a recordarla, contar cosas sobre ella, tener objetos suyos o fotos de recuerdo, etc., ayuda a que los niños no confundan la muerte con el olvido o la desaparición total (como si la persona que ha muerto nunca hubiera existido).

5. Los niños necesitan aprender a expresar lo que sienten y, entre estos sentimientos, está su dolor por la muerte del ser querido. Por ello, van a fijarse en cómo los adultos manifestamos nuestra pena y tristeza. Si lloramos, aprenden que llorar no es malo y que la tristeza aparece en forma de llanto. Si negamos nuestros sentimientos, si no dejamos que nuestros hijos vean nuestro dolor, si fingimos que estamos bien, ellos sentirán que es así como hay que estar. No habrá entonces permiso para estar triste o llorar, lo que hace que el dolor no pueda “salir” y expresarse de forma sana y reparadora. Es importante saber que, mostrando nuestros sentimientos a los niños, les dotamos de herramientas para afrontar su propio dolor. El llanto o la tristeza pueden compartirse, no implican desproteger a nuestros hijos o situarnos en una posición débil, sino todo lo contrario: nos convertimos en un modelo de expresión de sentimientos que ellos desconocen.

6. Otra forma importante de explicar a nuestros hijos la muerte de un familiar es iniciarles en los ritos que se realizan cuando una persona fallece, es decir: el tanatorio, el entierro y el funeral. Esta es una decisión que debe tomar la familia, pero, por regla general, a partir de los seis años un niño puede compartir con sus parientes las ceremonias de despedida que se organicen. Participar en estos ritos también ayuda a que la despedida se concrete en un tiempo y en un espacio determinado. En ocasiones, los niños y adolescentes pueden quedarse con una profunda sensación de vacío por no saber qué ha pasado o dónde está ahora su pariente fallecido.

Si vamos a introducir a los niños en estos ritos, es importante que les preparemos con antelación para todo lo que va a suceder. Si les contamos previamente en qué consiste el entierro o el funeral, lo que sucede allí –que la gente puede llorar, abrazarse, etc.-, y el sentido del pésame y cada rito de despedida, les ayudaremos a situarse en la realidad de los hechos y no en la fantasía.

También es fundamental que permanezcan acompañados en todo momento por un adulto que se responsabilice de ellos y que responda a todas las preguntas que necesiten resolver.

Los niños y el duelo

El duelo es el proceso emocional normal y dinámico que atraviesa una persona tras sufrir algún tipo de pérdida. Requiere de un trabajo y elaboración personal de adaptación a la nueva situación. 

Las pérdidas que ponen en marcha el proceso o trabajo de duelo pueden referirse a: 

- Pérdidas o muerte de seres queridos.

- Pérdidas de aspectos de uno mismo: relacionadas con los roles que desempeña la persona a nivel social y familiar (un despido, la jubilación, un divorcio), o bien con las facultades físicas y psicológicas (amputación de una parte del cuerpo, padecer algún tipo de minusvalía). 

- Pérdida de objetos externos (embargo de un hogar, incendio de la vivienda, etc.). 

-Pérdidas ligadas al desarrollo: pérdida del estado de niño, del estado de adolescente, del estado de adulto, del estado de anciano y la propia muerte. 

- Pérdidas de objetivos, ideales e ilusiones.

La intensidad y duración del duelo depende de muchos factores: tipo de muerte (esperada o repentina, apacible o violenta), la intensidad del vínculo con el fallecido, el tipo de relación con la persona perdida (dependencia, conflictos, ambivalencia), la edad, etc.

Podemos decir que hemos completado un duelo cuando somos capaces de recordar al fallecido sin sentir dolor, cuando hemos aprendido a vivir sin él o ella, cuando hemos dejado de vivir en el pasado y podemos invertir de nuevo toda nuestra energía en la vida y en los vivos.

Es importante recordar que los niños no pueden mantener un estado de aflicción por mucho tiempo. Sus estados de ánimo son más cambiantes, lo que hace que pasen de momentos de pena a concentrarse en otras actividades como jugar, dibujar, ver la televisión, etc. Estos cambios son normales y naturales en el niño en duelo. Además, los niños expresan sus emociones utilizando registros diferentes a la palabra: tienden a expresar más su pena con su cuerpo y su comportamiento (somatizaciones y cambios de conducta).

El juego, el dibujo y los cuentos son el medio de expresión natural de los niños. Debemos estar atentos, acompañar y animar a los niños a que dibujen, jueguen o inventen historias, porque estas serán sus herramientas para tratar de comprender y elaborar su duelo.

Y recordemos que la aflicción tras una pérdida es el sentimiento más normal y esperable, los niños tienen derecho a estar tristes aunque nos resulte doloroso.